analiza el primer año de PPK

FOTOS: CARMEN ilizarbe

Héroes de la democracia

Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad

Silvio Rodríguez

Publicado: 2015-08-30

Fui al homenaje a las autoridades municipales asesinadas durante el conflicto armado interno organizado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, REMURPE y Propuesta Ciudadana, con apoyo de varias organizaciones de la sociedad civil. No figuraba ninguna institución estatal apoyando la organización del evento. Hubo sí, regular presencia policial en la entrada, con los rifles bien visibles.

Llegué temprano y tuve tiempo para caminar por El Ojo que Llora antes de que empezara la ceremonia. No es habitual poder caminar por aquí pues este memorial ha sido atacado varias veces y ahora está al cuidado de una asociación de personas voluntarias, la Asociación Caminos de la Memoria; no de la Municipalidad de Jesús María o de la de Municipalidad de Lima, o de alguna instancia del Estado central. El lugar está enrejado y tiene un guardián al que no se encuentra con facilidad. Las visitas deben ser programadas con anticipación.

El lugar se veía diferente. Siempre es impactante porque tiene una energía muy particular que se hace sentir mientras se camina en semi-círculos por los laberínticos caminos que conducen al Ojo que Llora. Las miles de piedras y nombres en ellas inscritos se van sintiendo en el corazón mientras se avanza pero no se llega, mientras se piensa y se pierde el rumbo, mientras se busca y se imaginan los horrores del tiempo que tan pocos quieren recordar.

Esta vez era diferente y me resultó sobrecogedor desde el inicio. Antes de llegar al monumento, por el sendero que conduce a él, estaban las siluetas, reclamando atención a los miles de desaparecidos para quienes el Estado no tiene una política oficial de búsqueda. Las siluetas contra el fondo de parque de diversiones y feria culinaria que los alcaldes de Jesús María dan en concesión en los espacios adyacentes.

  Y en el Ojo que Llora, las banderitas. Muchas en todos los caminos, marcando los nombres de las autoridades: alcaldes, alcaldesas, tenientes gobernadores asesinados en el ejercicio de sus funciones. Hombres y mujeres que dieron su vida por la democracia. Héroes en el sentido literal del término, elegidos democráticamente para ser autoridades y ejercer la representación de sus pueblos; asesinados precisamente por eso, y en muchos casos por no hacerse a un lado y por no claudicar. Resistieron a la barbarie con sus cuerpos, sus palabras y sus muchos y pocos años.

Rosaida Espinoza Sarmiento, asesinada en 1992 a los 31 años.

Antonio Campana Mendoza, asesinado en 1986 a los 50 años. 

Rosario Gómez Ortiz, asesinada en 1989 a los 33 años.

Víctor Mendoza Anta, asesinado en 1992 a los 24 años. 

Teófila Mesa Auccasi, asesinada en 1983 a los 20 años.

Víctor Pomahuacre Ayala, asesinado en 1985 a los 26 años.

Las banderitas marcando sus nombres. ¿Qué era la democracia para ellos en ese tiempo? ¿Qué es la democracia hoy para nosotros? ¿Cuánto de lo que hoy tenemos es gracias a su sacrificio?

Empezó el homenaje, que se asemejaba en todo lo posible a una ceremonia cívica oficial. Breves y sentidos discursos de los organizadores, del Defensor del Pueblo y de Michel Azcueta en representación de las autoridades que sufrieron persecución y ataques en el tiempo de la guerra. Se dijo que estaba el Viceministro de Derechos Humanos pero no habló en público. Sylvia Falcón cantó a capela el Himno Nacional en Quechua y fue conmovedor. Se izó luego la bandera peruana, como corresponde cuando se trata de reconocimientos institucionales. Pero la bandera también habló de la ausencia del Estado allí, pues no llevaba el escudo nacional.

Como ha dicho Ricardo Caro, una de las personas que más ha hecho por identificar a las autoridades municipales asesinadas durante el conflicto armado interno, no existe un registro oficial completo que identifique a las autoridades políticas y sociales asesinadas durante la guerra, ni formas públicas de reconocimiento y homenaje. Sus nombres y sus sacrificios no cuentan para el Estado, y quizás tampoco ya para los partidos políticos de quienes fueron militantes; sus historias no se conocen y su heroísmo se silencia en la construcción de la narrativa histórica.

El homenaje organizado por instituciones de la sociedad civil, de otro lado, contemplaba la inclusión de doce nombres de autoridades ediles inscritos en cantos rodados.

Doce personas guiadas por la escultora Lika Mutal recorrieron el monumento para colocar las piedras, y el acto fue una forma importante de señalar que seguimos buscando pero también encontrando e identificando. Que no todos olvidamos.

La semejanza con un acto oficial terminó cuando fuimos invitados todos a rendir también nuestro homenaje recorriendo los caminos y dejando flores al pie de las banderas. El lugar cobró vida. Había seriedad y dolor, pero también recuerdo agradecido y emocionado para con los muertos de nuestra felicidad (la Pequeña serenata diurna de Silvio Rodríguez me pareció tan pertinente).

Decidí dejarle mis flores a la siguiente autoridad mujer que hallara en mi recorrido. Fue Leonor Zamora Concha, la valiente alcaldesa de Huamanga que murió asesinada en 1991, a los 43 años, por un agente del Servicio de Inteligencia del Ejército.

Luego de la Danza de la Memoria de los Yuyas lentamente todos empezamos a irnos. No éramos muchos, pero tampoco fuimos pocos. Volví por la tarde y el lugar empezaba a recuperar su normalidad. Ya no estaba izada la bandera nacional ni quedaban las banderitas en los cantos rodados. Quedaban las flores, señalando amorosamente a algunos de los 248 alcaldes, héroes y heroínas, de los que hoy sabemos al menos el nombre. Y habían también grupos de escolares con sus maestros asomándose a ese tiempo y a esa historia que aun no entra oficialmente en los libros, ojalá aprendiendo algo de la vida de alguna o alguno de ellos, nuestros Miguel Grau y Francisco Bolognesi de la democracia. Héroes de un país que tiene que desmilitarizar el término para incluir a quienes defendieron con su vida la democracia, y no solo a la patria. Su coraje y su entrega son la base de nuestra libertad hoy.


Escrito por

Carmen Ilizarbe

Me gusta pensar en las intersecciones que hay entre política y cultura, y sus muchas ramificaciones.


Publicado en

Por las ramas

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